La sobriedad también "pone"

¿Por qué nadie habla de: ¿qué pasa después de “no tomar, no fumar y vivir sin drogas”?

Con el debido respeto a quienes padecemos de adicciones escribo este texto, el cual ofrezco a manera de plegaria al Universo para poder acomodar en el corazón y en la mente a tantas personas amadas, divertidas y brillantes en mi vida. Incluyéndome, por supuesto.

Dentro del rango que corresponde a mi vida, es raro alguien que no tenga algún vicio, ya sea legal, socialmente aceptado, prohibido y/o recetado.

¿Qué hay detrás del conocido slogan “si toma no maneje”? ¿qué pasa cuando llega un padre de familia sano y salvo a su casa? ¿o cuando NO se violaron a una chavita? ¿o cuando a algún inocente NO sufrió un accidente fatal, por culpa de alguien en estado de ebriedad? ¿Cuándo NO hay un drama familiar, por alguno de los miembros alterado de su propia percepción? ¿Cuándo un chavo decide estudiar una carrera en lugar de vender drogas? ¿Cuándo alguien NO arrasa con la fortuna de la familia?

El alcohol para mí era sinónimo de diversión. Pero un día dejé de tomar “a capela”. Gracias a que una vecina y gran amiga me contó lo ridícula y fea que había llegado en la noche a mi casa, y yo solo pensé “y eso que ella no fue a la fiesta”. Lo que yo mal recordaba, era  lo que se le dice: haber trapeado con mi apellido.

Me dolió mucho su comentario, mismo que reconozco como un regalo divino porque he visto a muchos borrachos que les dicen cosas peores y no pueden dejar de beber. He de admitir que me dio en mi punto débil, del ego por supuesto, pero funcionó.

Aunado a la cruda y al miedo, o más bien dicho pavor por la laguna mental que traía, declaré mi conjuro, que dice: Así me aburra el resto de mis días no vuelvo a tomar, y en mi mente lo justificaba con la siguiente auto-regañiza: “porque eso del alcoholismo es un problema que no estoy dispuesta a chutarme, ya bastantes broncas tengo como para echarme este trompo a la uña. Además, no tengo dinero para entrar a una clínica de rehabilitación nice. Voy a acabar en un anexo y cero se me antoja”.

Disculpen mi versión Lady de Polanco. No tenía idea que la enfermedad del alcoholismo tiene dos personajes en mancuerna: el que toma la sustancia y el que soporta al que toma la sustancia; es decir quien depende, si se logra quitar, se acaba una buena dosis de la mala fiesta y drama familiar en que se convierten esas “fiestotototas”, pero para que se quite esa persona, se necesita un cambio radical de chip mental, emocional y espiritual. Toda una reingeniería. Un verdadero milagro.

El destierro es parte de la aventura de la sobriedad en este planeta.

Lejos de que la vida me pareciera aburrida, yo le empecé a aburrir a mi grupo de amigos, que digo amigos, ¡si éramos hermanos en las fiestas!, las cuales me dejaron de atraer, empecé a preferir los planes de día y lo más ñoño posible. Por supuesto pensaba en secreto “¿qué es esto?” sentía que había perdido sentido socializar y la gracia total de la vida, pero tenía asumida la aburrición eterna gracias a mi conjuro.

Pasé por la vergüenza familiar de decir abiertamente en una Navidad “les anuncio que ya no tomo y que ya llevo varios años sin tomar”. Prosiguió un silencio sepulcral, nunca se me van a olvidar mis papas volteándose a ver a los ojos como diciendo “que pena con nuestra hija, discúlpenla, ya recapacitará”. No faltó la frase “¿ni una copita?” y como orden militarizada para volver a la dinámica alguien dijo: “¡que aburrida te has vuelto!”. Nuevamente mi conjuro hizo efecto, porque pude sostenerme.

Les expliqué como patada de ahogado, que era bueno para la salud el hecho de evitar consumir alcohol y que como posibilidad podrían estar orgullosos de mi en lugar de avergonzarse. Solo por darles una idea. Me voltearon a ver como ¿de qué hablas? Era inútil, lo sabía desde el principio. Entonces descubrí que en estos tiempos la sobriedad parece ser muy innovador, arriesgado y les puedo asegurar que es toda una aventura el “no meterse nada”.

De conocida zona comercial de la Ciudad de México llegué a vivir a Tepoztlán, pueblo mágico, místico, holístico, tradicional y cosmopolita. Pensé entonces, ahora si pura sanación.

Tuve mi primer encuentro con el pseudo dios cannabis, ahora permitido socialmente, de hecho legal en cierta medida. También con las respetadas medicinas sagradas. Me gustaría decir “yo no le hago a eso” pero soy demasiado curiosa. Descubrí mi potencial para la “Santa María”, creo que sería una gran personalidad si me fumara algo de vez en cuando. El problema conmigo es que me apasiono, entonces prefiero no correr el riesgo. Sin duda son grandes experiencias que abren ventanas del inconsciente, pero ¿cada fin de semana? Noté que socialmente algunas personas habían cambiado la costumbre de ir al antro por la de ir a ceremonias.

He podido sentir una exclusión, una especie de discriminación y al igual que en un ambiente alcohólico, me tratan de convencer que consuma. Lo que me venden es el mensaje de que no he terminado de ser yo misma. Algo así leo entre líneas.

Me prometen que si consumo voy a ser super creativa y voy a producir muchísimo, que se me van a ocurrir millones de ideas, que me voy a reír a carcajadas, también que mi mente va a estar muy activa… y yo la verdad es que nada de eso quiero porque ya lo tengo, lo que necesitaría en todo caso sería aterrizar todas esas ideas que se me ocurren, pero ninguna sustancia me ha ofrecido coherencia y hacer mis proyectos realidad.

En alguna época me acostumbré a vivir con la distorsión de estupefacientes en mi cuerpo, mi cerebro y en mis seres queridos quienes me parecían sabios y coherentes. Las incongruencias de convivir bajo estos efectos eran justificadas y todo parecía “muy normal” bajo la perspectiva de los Locos Adams.

Se me olvidó como se vive bien. Fue como un día que salí a caminar al desierto; juraba que sabía dónde estaba el campamento para poder regresar, pero en su inmensidad me perdí y me tuvieron que ir a rescatar, porque al no tener puntos de referencia me podía dar el efecto espejismo. Así funciona el “con una no te pasa nada” en mi caso.

 

¿Qué pasó después de haber salido del closet abiertamente?

Lo primero que llegué a recuperar fueron los días de mi vida que dedicaba a las crudas, pero ¿realmente lo quería? Porque la cruda era la única forma de parar mi mente y estar en estado catatónico sin remordimiento. Recibía muchas llamadas al día de amigos comentando la noche anterior y yo volvía a reír sin parar, pensaba en ese momento “que feliz soy, que bárbaro”. En fin, mejor le paro porque tiene sus ganancias secundarias. Más adelante me animé a dejar el cigarro y llegué a otro nivel de la sobriedad. Solo por hoy.

Es como si mis sentidos se hubieran afinado, empecé a percibir olores más sutiles, sabores diferentes, a sentir los cambios mínimos de temperatura, a reconocer partes nuevas de mi cuerpo, a darme cuenta de detalles preciosos de la naturaleza, de las personas y mios. A percibir en el instante cuando comía algo que me caía mal. O en el momento exacto en que agarraba una gripa. A respirar y reconocer si va a empezar a llover, a escuchar a las chicharras sin confundirlas con el zumbido de un coche, a saber, que si las mariposas blancas aparecen, no solo son de buena suerte sino que anuncian cambios en el clima, a notar en el amanecer el cambio del canto de grillos a pajaritos… bueno, es lo que me acuerdo por el momento.

Lo aburrido y simple ahora me gusta, lo confieso, obviamente dejé de ser cool para el planeta casi entero, pero me recuperé a mí. Y cada día confirmo que sigo prefiriendo cambiar mi “buen vino” por ser yo misma las 24 horas del día, rajatabla y sin piedad. Subrayo planeta casi entero porque tengo fe en personas que apuesten por la sobriedad, aunque conozco muy pocas.

Ahora “todo me pone”.

Por quedar bien, escribiría “no quiero convencer a nadie de que la sobriedad es la onda”, pero es mentira, porque me siento muy sola en esta batalla, que es prácticamente una guerra. La mayoría de las personas a mi alrededor siguen insistiendo en que tome, que fume... “eres tan divertida cuando tomas, con una no te va a pasar nada, un día me gustaría que probaras los ácidos para que sientas el amor verdadero” y frases muy antojadizas. Son personas que amo, me divierten, me enseñan. Me es muy difícil decirles que no, es muy difícil todavía preferirme a mí y seguirme convenciendo que no acceder está bien para mí cuerpo, mi mente y mi espíritu.

Se me están haciendo límites de acero, ¡eso si! Y es un desgaste energético tremendo separar en mi mente a las personas de esta costumbre colectiva. Costumbre tan bien disfrazada que parece buena. Siempre está el miedo a quedarme sola. Considero inútil contar, que lo que tuvo que pasar dentro de mí, fue un verdadero hartazgo para después dar lugar a un milagro, y poder tomar esta decisión. Es todo el entorno lo que está hablando a través de esas personas que son mi debilidad. No tienen idea la cantidad de amigos que he tenido que intercambiar por preferir permanecer en paz conmigo misma.

Esto lo vivo yo que soy adulto, tengo buenos hábitos y tengo consciencia al respecto. No me puedo imaginar el milagro de decir que “no a las drogas” dentro de un adolescente o incluso niños; que han absorbido desde chicos la normalización del consumo de sustancias. Sinceramente creo que solo Dios puede hacer que se prefieran a sí mismos. Porque sigue habiendo reconocimiento social a quien “sobresale” con una ayudadita de alguna sustancia.

Que siempre ha existido, si es cierto, que es común y la mayoría de la gente lo hace, también es cierto. Por eso creo que la sobriedad es LA EXPERIENCIA en esta nueva era.

Es agotador, a veces pierdo tanto la fe que se me antoja un cigarro, un mezcal y ponerme a despotricar de la vida, a criticar, a juzgar, como antes de tener conciencia y hasta lo tomaba como un desahogo. Pero el vacío que le precede ahora, es devastador. Se que es una batalla perdida y seguramente ya habrá quienes me dejaron de leer o escuchar porque ¿quién prefiere aprender a apreciar a una lagartija negra sin cola, hasta encontrarle la gracia, que una buena fiesta con todo y cruda?

Ufff, me fui a lo profundo creyendo que podría escribir un texto más divertido porque descubrí que las etapas de la borrachera, son exactamente las mismas que las etapas de la sobriedad. He aquí la lista…

  1. Simpleza total, incluyendo privación del aire y/o risa de marrano.
  2. Cantos alegóricos y bailes regionales con repertorio conocido.
  3. Revelación de la verdad. El famoso “Tu antes me c_____ (caías mal)”.
  4. Exaltación de la amistad. ¿Les suena? ¡Tú eres mi hermano!
  5. Agradecimiento radical.
  6. Revelación de la verdadera personalidad.
  7. Autopresentación con desconocidos.
  8. Vituperios contra es Estado o el clero (dijimos sobrios, no iluminados).
  9. Autosuficiencia económica. El típico “¡Yo invito!”.

Mmmm veo que les quedé a deber algunas:

  1. Llamadas al ex en la madrugada.
  2. Autosuficiencia moral. El famoso “¿Qué te pasa? ¡Estoy perfecto!
  3. Repentina pérdida del equilibrio.
  4. Difícil desalojo del inmueble. El distinguido “¿De aquí, a dónde?
  5. Tráfico de influencias. El elegante “¡Tráiganme al gerente!” o “no sabes de quien soy hijo”
  6. Recuento de los daños. El trillado “¿Dónde dejé mi coche?”.
  7. Transmisión de la culpabilidad. El típico “¿Para qué les hice caso?”
  8. Amnesia y cruda moral. El inolvidable “¿Qué pasó anoche?”
  9. Juramentos posteriores (por lo general incumplidos). El memorable “No vuelvo a chupar”.

 

Este estudio lo basé en mi experiencia personal y veo que les quedé a deber algunas etapas, pero sigue siendo buen negocio ¿Cómo ven?

Aclaro, todo esto solo puede aparecer sin ninguna sustancia en el cuerpo, ni en el cerebro, después de una suave dosis de rendimiento ante la realidad, pero les aseguro que esta es la mejor fiesta que he agarrado en mi vida y puede ser eterna y activada cuando yo quiera.

Comentario al margen: me han llegado a decir aquí mis compas, que si estoy “high”. Si, lo reitero, llego a estar tan sobria que parece que me fumé algo. Me da la simpleza total, como si hubiera fumado mota. Puedo tener una revelación en meditación igual de intensa que con la ayahuasca. Me llegan mensajes divinos cuando hago lo que me gusta. Me puedo conectar con la naturaleza en un instante. Siento el amor verdadero, como cuando me quieren vender los efectos de los ácidos. Y a quienes sean adictos a la depresión les prometo que también llega (y la ironía también).

En fin, yo no tuve de otra. El mundo me exigía demasiado y mi cuerpo, mi mente y mi espíritu, no lo iban a soportar, tuve que emprender la misión y aventura de vivir sobria, que como no es una adicción no me pude ir como hilo de media, es decir, lo he tenido que cultivar. Así que hago una llamada a la publicidad para que nos ayuden y nos cuenten que sigue después del “no tomar”. porque la vida no se pone mejor inmediatamente, hay que echarle demasiadas ganas.

Repito, me encantaría convencer a alguien que el remedio existe. Y visto desde una mente como la mía, distorsionada por el inconsciente colectivo, sería el de encontrarle la gracia a lo que me parece que no es nada del otro mundo. Empezar por ahí.

No me hagan mucho caso siempre tuve la mala fama de ver el mundo color de rosa y de ser una optimista compulsiva. Olvídenlo, insisten mis ganas de convencerlos y que se pasen al lado Jedi cuando el darkside es lo más divertido que hay.

Dejar un comentario

Por favor ten en cuenta que los comentarios deben ser aprobados antes de ser publicados